
Comienza septiembre, regresan las rutinas de la mayor parte del año. Es algo que siempre da pereza cuando se tiene lejos pero a medida que se acerca, uno, inconscientemente, se va haciendo a la idea y empieza a cambiar el chip.
Tengo un buen amigo que detesta los lunes -además de otros seis días de la semana-, el regreso de las vacaciones y casi cualquier cosa que yo, sin embargo, suelo considerar emocionante porque supone el comienzo de algo. Aún nos quedan unas semanas de (medio) verano pero los escaparates ya anuncian la bajada de temperaturas, El Corte Inglés envió hace unos días su sms invitando a recoger los libros para el cole y la ciudad ha vuelto a llenarse de gente. ¿Quién sabe que deparará el otoño? Tal vez cosas tan grandes como no podemos imaginar.
Si no fuera por la vinculación calor/vacaciones, el año debería comenzar en septiembre, que es cuando realmente tenemos la sensación de emprender un nuevo ejercicio. Comienza el curso político, comienza el curso escolar... Yo he decidido celebrarlo comprándome unos zapatos (¡qué interesante es aprovechar los últimos coletazos de las rebajas para encontrar algo que te sirva en los meses inmediatos y no nueve después!). Quiero que sean un símbolo del camino, que continúa y empieza, viene de atrás pero puede tener derivaciones inesperadas, por las que llegar, ¿por qué no?, a lugares fascinantes.
Y hablando de lugares fascinantes, sí, ya sé que no he contado nada de mi escapada al sur. Prometí intentar informar en directo pero no fue posible; aprovechar el tiempo con todos los sentidos fue prioritario. Luego, aparte de que he estado sin Internet varios días, la verdad es que no he encontrado la forma de reseñar tanto que ocurrió... Lo pensaré. Sería divertido relatar al menos algunas cosas. Otras... lo siento... ¡no son aptas para menores!
Foto: Mis nuevos zapatos, de Laura Amat. www.lauraamat.com

