
No soy amiga de las manifestaciones, concentraciones y demás sistemas masivos de reivindicación porque los participantes suelen caer en el aborregamiento y es fácil que detrás haya alguien moviendo los hilos del asunto pero no puedo por menos que alegrarme de la fiesta pro lactancia que se celebró ayer en varias ciudades españolas.
La palabra mama (y, por tanto, mamar y amamantar) tiene la misma procedencia -latina- que el diminutivo de madre (mama, no mamá, que es una adaptación del francés, maman). La teta y la madre están ligadas hasta ese extremo. Los beneficios fisiológicos y psicológicos del amamantamiento son múltiples, tanto para el niño como para la madre. Ningún alimento contiene más y mejores nutrientes, y provee de más defensas que el calostro, la primera leche; se da, además, un hecho curioso, que los bebes defecan con total normalidad a pesar de que la leche materna no contiene un solo gramo de fibra. Y contra lo que muchos piensan, una lactancia prolongada confiere a los niños una seguridad fabulosa.
Para la recuperación de la madre tras el parto es perfecto amamantar porque la succión genera un estímulo que facilita la retracción del útero y no es necesario hablar del desarrollo de la relación afectiva con el hijo, que, claro, es mútua.
Mis dos hijos han tomado tanta teta como han querido. Casi cuatro años ella y cerca de tres Hurakán Pakito. Son niños absolutamente sanos, sin más problemas que algún resfriado, y no tengo ninguna duda de que la lactancia ha sido la base de la relación que mantengo con ellos, plena en comunicación y confianza. Hubo momentos de cansancio, en los que yo deseaba la independencia que no podía disfrutar pero si hoy comenzara de nuevo elegiría el mismo camino. No creo que existan muchas sensaciones como la de colocar a un bebé junto al pecho, sentir cómo engancha el pezón y ver cómo se borran sus labios por la presión contra él. Para mí es la imagen más hermosa de un bebé y uno de los sentimientos más grandes que me han inspirado mis hijos.
Hoy es el día en que, sobre todo él (jeje, lo lleváis en los genes), necesitan el contacto con el pecho. Hurakán Pakito no se va a la cama sin darle un beso a sus tetinas y tiene que deslizar una mano dentro de mi escote en multitud de momentos. Es un contacto que imagino les retrotrae y para ellos simboliza, y realmente les supone, el summum de la tranquilidad, del amor, de la vida.
Por suerte ahora vuelve a ser relativamente frecuente ver a una madre amamantando a un bebé en cualquier sitio. Aunque no hace más que casi nueve años, cuando yo lo hacía con mi hija llamaba bastante la atención, pero debo decir que siempre recibí miradas de ternura y fascinación, nunca de rechazo o morbo. Le he dado teta a mis hijos absolutamente en todas partes, desde tomando un café hasta, de pie y paseando, de compras en El Corte Inglés. Claro, esto último, cuando eran chiquititos porque como la teta duró tanto, entre tamaño y peso, más adelante era necesaria más comodidad. En los últimos tiempos ya tuve que dar consigna: no se toma teta fuera de casa ni se comenta a los compañeros de clase porque la mayoría de los niños no lo entiende, para evitarles a ellos el dolor de los comentarios y las risas ajenas.
Y es tanto ese amor de mis niños a sus tetinas, que hace alrededor de año y medio se negaron a irse a la cama si no les dejaba bien claro a ellas cuánto las quieren. Y por exigencia de Hurakán Pakito tuvo que ser por escrito (qué fea rima). Como consta en la imagen.
Foto: Mensaje de mis hijos sobre mi escote, que reza "Besos de Carlos y Lía a sus tetinas". ¡Conste que la foto no le hace ninguna justicia a las mismas!