
El viernes pasado volví a casa a eso de las ocho de la tarde. Vivo en el centro y en una calle que da paso a la mía están las dos discotecas que reúnen a toda la chavalería ese día de la semana. El gentío es el que imagino que todos vemos en algún punto así, en cualquier ciudad de España. Y el ambiente, bueno... si llego a ir con los niños ese día, habría hecho mi quiebro habitual para evitar las estampas.
O tal vez no debería haberlo hecho, precisamente para que hubiera tenido la oportunidad de ver la que vi. Un muchacho, que por la pinta de sus amigos no tendría más de 15 años, en coma etílico (o eso me pareció). Largo como un día sin sol, estaba tirado en la acera, con la cabeza apoyada en el escalón de un portal, los ojos semicerrados, en blanco, y el vómito cayéndole en borbotones tímidos, sin pausa. Su pandilla estaba alrededor, charlando, tranquilamente. Tanto me sorprendió que les miré con cara de asco y sin siquiera quitarme los auriculares les dije: "Por lo menos echadle una mano, ¿no?". Uno de ellos me miró: "Si ya hemos llamado a una ambulancia... es que no llega...". Joder, y entre la parsimonia con la que me lo dijo y la cara de panoli me di cuenta de que es que son tan niños que no saben ni reaccionar ante una situación así, la provocan y luego no tienen reprís alguno para solventarla. Seguí caminando y a los cinco metros me percaté de que en la plaza que había cruzado antes había un furgón de la Cruz Roja, así que regresé al grupo, ahora sí, me quité un auricular, y le dije al mismo chico, casi dándole una orden, "anda, échate una carrera hasta la Pícara, que hay una ambulancia de la Cruz Roja ahí, que vengan rápido a atenderle". Bueno, ahí pareció que se movían un poco, aunque tampoco fue una reacción brutal...
No sé por qué, será que soy madre, el instinto casi me hizo apartar a aquellos niñatos de un manotazo para agacharme y al menos a sujetarle la cabeza a la piltrafa aquella. Me dio asco su estado lamentable pero me dio el mismo grado de pena. Pensé varias veces durante la noche qué habría sido de él. Deseé que al llegar a casa su padre le hubiera dado una buena manta de hostias (ya lo sé, soy algo bruta) y que no tuviera que sonar el teléfono de su casa nunca más para avisar de algo así.
Y también me pregunté cómo es que hoy ocurren cosas así. Todos nos hemos agarrado alguna pero, coño, con unos límites. Buscabas "el punto" y a veces te pasabas. Porque a ver quién era el guapo que entraba en casa pasadito. ¿Es que a estos chavales les da lo mismo? ¿Es que sus padres no están cuando llegan? ¿Cómo manejan tanto dinero? ¡A esa calle nunca le llega la crisis!
Y los amigos, allí, "amigos", con las manos en los bolsillos, charlando unos con otros en el círculo que habían formado rodeándolo (eran un montón). Qué guay. Desentenderse del problema de alguien que se supone te importa es muy de amigos. Es más fácil mirar para otro lado, tal vez por esperar que desaparezca lo que no se quiere ver.
Pero bueno, tal vez sea así como hay que comportarse. A lo mejor voy aprendiendo y por eso yo decidí seguir caminando y no detenerme.
Foto: Una imagen que muestra el chiste con el que se trata el abuso del alcohol por parte de la gente joven hoy.



